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Robert Scarcia
![]() Reclutamiento de “chamas” La dama que tengo en frente me habla sin parar, es una verdadera avalancha de palabras sin freno, de vez en cuando interrumpe su cuento del infierno con una frase: “¿sí me entiende?”… A cada vez la aseguro que sí que la entiendo, la dama respira y continúa…
“Cuando vi a ese niño, Omar, en ese taxi que me hacía el gesto de adiós con la mano desde la ventana del carro, no entendí lo que estaba pasando… hasta le saludé. Eran las ocho de la tarde y al rato vino su mamá y me dijo que no encontraba al hijito, que en la tienda no estaba, y yo le dije lo del taxi, y la mujer se echó a llorar desesperada, ay ‘Blanca’ gritaba, porque así me apodan a mí en mi Colombia nativa, se lo han llevado a mi Omar, la guerrilla se lo ha llevado al monte… ¿sí me entiende?...” “Tenía 12 añitos el Omar. Entonces entendí que pronto iban a llegar a por mi hija y mis dos sobrinas, comprendí que mis ‘chamas’ (jovencitas) ‘estaban buenas para llevarlas en el bolso’ como dicen ellos, que estaban listas para el monte... Me acordé de lo que me habían contado ellas mismas: que unos muchachos en moto les habían parado a la vuelta de la escuela y que querían que se fueran con ellos porque decían que un comandante guerrillero tenía que hablarles… ¿sí me entiende? Así que decidí sacarlas de ahí, salí de mi casa a las 4 de la madrugada y llegué a Venezuela indocumentada con las niñas, toditas escondidas en un camión. Llamé a una tía que tenía aquí y ella envió un taxi a recogerme, ¿sí me entiende?...” Iniciaron así para Doña Blanca “ocho días de infierno”. “Vivíamos dentro del casco urbano y los grupos guerrilleros y los paramilitares llegaban en momentos distintos del día y de la noche, los unos uniformados, los otros de civil, me ‘citaban’, decían que debíamos ir a sus reuniones para afiliarnos, pero yo no iba, ni a las convocatorias de unos ni de otros… había mucha presión, mucha presión, señor, durante ocho días, en medio de combates, ‘plomaceras’ (tiroteos), torturas, muertos ¿sí me entiende?...Pero cuando se llevaron a Omar sabía que ya no se trataba de presionarme a mí, sino de llevarse a mis ‘chamas’...” La violencia en contra de los niños y adolescentes colombianos por parte de los grupos armados tiene varias formas. Blanca recuerda la época anterior a la en que tuvo que escaparse para “salvar a las chamas”, un tiempo en que en su zona mandaban los narco-guerrilleros. “Había violencia, carro-bombas, balaceras, moto-bombas, cobro de ‘vacuna’ (extorsión), hasta “ciclo-bombas, ¿sí me entiende?... bicicletas cargadas de explosivo… Pero nosotros aguantábamos porque a pesar de todo en el pueblo circulaba dinero y podíamos seguir adelante y yo vendía comida rápida y ‘chances’ (billetes de la lotería)”. La dama cuenta que había grupos de ‘raspachines’, niños empleados para recoger la hoja de coca, por cuenta de los narcotraficantes. “Eran niños de 7 o 8 añitos que trabajaban raspando y andaban con bolsitas llenas de dinero… ¿sí me entiende? después del trabajo tomaban (bebían) mucho, estaban completamente fuera de control…” Pero cuando se trató de mis “chamas” (jovencitas) de 10, 11 y 12 años, ya era otra cosa, ya no podía más, ¿sí me entiende?...”. Los grupos armados no hacen distinciones entre sexos. Los chamos valen como carne de cañón para la guerra, las chamas puede ser que también, pero no sólo… Cuanto más “bien paraditas” mejor, las muchachas sirven a menudo para esa forma de cautiverio sexual que se conoce en el mundo con un perverso giro de palabras: el descanso del guerrero. Además, las chicas a menudo son utilizadas como “anzuelos” para “endulzar”, enamorar a otros jóvenes para convencerles a sumarse a los grupos armados. La historia de esta dama, su hija y dos sobrinas tuvo por suerte un progreso feliz. Gracias al soporte que le brindó el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) de Venezuela, la señora pudo empezar una nueva vida en un pueblo de la frontera del estado de Apure. Sin embargo, los riesgos de reclutamiento no han acabado para las “chamas” que lograron cruzar el río Arauca que marca la frontera colombo-venezolana. Y es que el conflicto colombiano se ha trasladado a Venezuela provocando un aumento exponencial de la inseguridad ciudadana. Los grupos armados siguen reclutando en el territorio venezolano fronterizo. “Ahorita”, están buscando a jóvenes para involucrarles en el conflicto, como espías o como sicarios, en la guerra para el control del territorio que se hacen los varios grupos armado. Éstos han colmado el vacío cívico y jurídico dejado por el estado venezolano. Dicho con las palabras de una fuente segura “en frontera, la institucionalidad del estado venezolano no es más que registros…” y consecuentemente todo lo que no es “registro” lo agarran grupos armados que actúan como intermediarios entre los ciudadanos. En un contexto de violencia generalizada, hay veces en que el comandante guerrillero que viene a reclutar a las chamas da una imagen de protección, de seguridad. Dicho de otra forma, el guerrillero encarna el arquetipo del príncipe azul de los cuentos de hadas: su palacio es un campamento seguro en el monte, su espada es un fusil AK-47, sus súbditos son los muchachos que cumplen sus órdenes. No es difícil entender que muchas chamas de la frontera acaben identificándose con una versión llanera de Cenicienta. En el iris de los ojos de una señora venezolana, madre de dos hijitas bonitas de unos 10, 11 añitos se perfila una mirada en la que se mezclan inquietud e impotencia… “¿qué voy a hacer si mis niñas se enamoran de un guerrillero?” No se que decirle, sino pensar en la cruz de dolor que carga cada día una solicitante de refugio colombiana que no ha visto su hija desde hace casi 10 años, “se enamoró de un guerrillero y se fue con el…tenía 13 años”. En un pueblo de frontera conocí a una hermanita española originaria de Granada que lleva más de cuatro décadas como misionera por estos Llanos. Era temporada de lluvias. Tal vez para salir, al menos con el imaginario, de la humedad y del lodazal que nos rodeaba, empezamos a compartir recuerdos de la primavera andaluza, las flores blancas de almendro que enamoran la vista, el olor de naranjo que captura el aire… Los ojos verdes de la hermanita, el color que otrora cantaba (y quería) el poeta (Lorca), coterráneo de la misionera, brillaron al contarme una leyenda de las taifas moras de su tierra andaluza. “Érase una vez un cacique moro que se llevó a una princesa de Granada… pero la dama era triste porque echaba de menos la vista de la nieve de la Sierra Nevada granadina; entonces para que la princesa pudiese ver montes cubiertos de blanco, el cacique sembró de almendros la Sierra Morena andaluza…” En los Llanos de Colombia y Venezuela hay árboles que llevan flores de color muy vivo. Parecen faroles morados, amarillos y rojos, que alumbran la geografía llana en medio de los bosques, en los bordes de los ríos y que brillan elevándose en el centro de las praderas. No creo que los caciques de los grupos armados colombianos siembren los montes colindantes sus campamientos con árboles cargados de flores coloridos, cuyo nombre cambia según las zonas de la región de la cuenca amazónica y del Orinoco: araguaney, guayacán, josefino, palo de agua… Ni siquiera si eso sirviera para enamorar a las ‘chamas’ que se han llevado consigo. |
